Posturas del Kama Sutra VI: “La igualdad de sexos”

Para ser totalmente sinceros, esta postura no pertenece a las escrituras del Kama Sutra si no a otro clásico libro hindú sobre las artes amatorias llamado Ananga Ranga, algo más desconocido, aunque más exhaustivo y explicativo sobre las técnicas descritas si cabe, escrito sobre el siglo XV, bastante después que el primer manuscrito.  Considerando mi  principal misión presentar  un conjunto de variadas posturas que refresquen nuestras prácticas amatorias y nos recuerden el diverso elenco a disposición de nuestra más esencial necesidad de placer y disfrute, creo que ir alternando referencias no hará más que enriquecer esta sección enormemente.

En esta postura, ambos amantes deben estar sentados, uno frente al otro y con las piernas estiradas. La mujer colocará sus piernas sobre las de su pareja, rodeando su cuerpo, y él hará lo mismo pero por debajo. Tanto él como ella posarán sus manos detrás en una posición confortable, sobre la cama o suelo, para apoyarse y mantener el equilibrio, o también pueden agarrar las piernas de su pareja por los tobillos, aunque hay que tener cuidado si se elige hacer esto, y no efectuar demasiada presión para no hacer daño. Estando la mujer ligeramente más arriba, será ella la que dé paso a la penetración. En esta posición los movimientos pueden ser cadentes y suaves, o rápidos e intensos pero la penetración no llegará a ser totalmente profunda. Eso sí, cuando se llegue a picos de calurosa pasión se recomienda que ambas partes de la pareja se abracen firmemente por detrás del cuello o la espalda, o él sujetando la cadera de ella .  Haciendo esto, la mujer  se encontrará ya totalmente apoyada sobre las caderas de su amante y la distancia física se habrá evaporado, dando paso a dos cuerpos fundidos en la sensualidad, sintiendo la unión y el cálido cuerpo uno del otro.

La maravilla de esta postura-según el Ananga Ranga- radica en la igualdad de ambos géneros en cuanto a la capacidad de control del acto sexual, tanto él como ella podrán aportar su estilo y modular los movimientos según les apetezca a cada uno sin ser ninguno de los dos el que marque las directrices imperantes. El nombre dado de “La igualdad de los géneros” cobraba más sentido en el pasado, cuando esta nomenclatura no hacía más que subrayar la falta de tal ecuanimidad, omnipresente en cada ámbito de la vida, haciendo necesario hacer referencia a tan único hecho en aquellos tiempos (y no tan remotos) como el de la paridad entre sexos, que sólo podía llegar a existir fugazmente, como un espejismo, en la intimidad del lecho.